Jueves, 15 de enero de 2026

«El Bernabéu tiene un Nuevo Patrón: Mbappé Salva al Real Madrid del Desastre y Demuestra Quién Manda»

El aroma de las noches europeas en el Santiago Bernabéu suele ser de gloria, de remontadas épicas y de un temor reverencial que paraliza a los rivales. Sin embargo, en el debut de la Champions League 2025-26, ese perfume se mezcló con el hedor del pánico y el espectro de un fracaso mayúsculo. Durante 70 largos minutos, el Real Madrid de Xabi Alonso fue un gigante a la deriva, un equipo sin alma ni ideas, superado tácticamente por un Olympique de Marsella valiente y descarado que se adelantó en el marcador y silenció a la grada. El desastre se cocinaba a fuego lento, hasta que un hombre decidió que la historia no se escribiría así. Su nombre, Kylian Mbappé.

El partido se había convertido en una trampa. Timothy Weah, con una definición precisa al minuto 22, había puesto en ventaja a los franceses, desnudando las carencias defensivas de un Madrid descolocado. El equipo blanco, lejos de reaccionar con furia, se enredó en su propia impotencia. Los pases eran imprecisos, la presión era inexistente y las estrellas parecían apagadas. Pero justo cuando la primera parte agonizaba, una torpeza de Kondogbia sobre Rodrygo dentro del área regaló un soplo de vida. El árbitro señaló el penalti y todas las miradas, cargadas con el peso de un estadio entero, se posaron sobre el ’10’. Mbappé tomó el balón, lo acomodó con parsimonia y, con una potencia seca y ajustada, fusiló a Rulli para poner un empate que, a todas luces, era un espejismo en medio del caos.

Lejos de ser un punto de inflexión, el segundo tiempo profundizó la crisis. El Real Madrid seguía sin rumbo, y la situación se tornó dramática cuando Dani Carvajal, en una acción de cabeza dividida con el portero rival, vio una tarjeta roja directa al minuto 72 que dejó al equipo con diez hombres y al borde del precipicio. El empate parecía un tesoro y la derrota, el destino más probable.

Fue en ese preciso instante, con el equipo en inferioridad numérica y el nerviosismo devorando a la afición, cuando los líderes se forjan. Y Mbappé reclamó su trono.

Corría el minuto 79 cuando Vinícius Jr., recién ingresado, encaró por la banda y su centro fue interceptado por la mano del defensor Facundo Medina. El colegiado, en una decisión polémica que incendió al banquillo francés, volvió a señalar los once metros. La presión era asfixiante. Un fallo significaba la catástrofe. Pero Kylian Mbappé no es un jugador terrenal. Volvió a tomar el esférico, aguantó los silbidos y la guerra psicológica del portero, y con una frialdad que helaba la sangre, eligió el mismo lado que en el primer penal. Rulli adivinó la intención, llegó a tocar la pelota, pero la violencia y la precisión del disparo fueron inalcanzables. Gol. Remontada. Delirio.

El resto fue un ejercicio de supervivencia liderado por un futbolista que demostró ser mucho más que un fichaje galáctico. Se multiplicó en la presión, aguantó el balón en campo contrario y se erigió como el faro anímico de un equipo que había estado perdido. No fue una noche de fútbol brillante para el Real Madrid, fue una noche de carácter, personalidad y, sobre todo, de Kylian Mbappé.

Su doblete no solo significó tres puntos vitales; fue un golpe de autoridad, la proclamación de un nuevo rey en el reino blanco. En su primera gran noche europea como local, y en el peor escenario posible, Mbappé no se escondió. Se echó al equipo a la espalda, ejecutó al rival desde el punto fatídico y le recordó a todo el mundo por qué es el mejor. El Bernabéu ya no corea su nombre con la ilusión de un recién llegado, lo hace con la certeza de quien ha encontrado a su nuevo patrón.