Ciudad de México.- Un silencio tenso, cargado de historia y de poder, recorre los pasillos de la Universidad Nacional Autónoma de México. No es el silencio de las aulas en receso, sino el que precede a la tormenta. El Sindicato de Trabajadores de la UNAM (STUNAM), uno de los gremios más grandes y combativos de América Latina, ha puesto sobre la mesa un pliego petitorio que es más que una negociación: es un ultimátum. La amenaza de una huelga total, con banderas rojinegras paralizando no solo los campus, sino también las arterias viales de la CDMX, es inminente y las consecuencias podrían redefinir el futuro de la educación pública en México.
En el corazón de la disputa se encuentra la revisión del Contrato Colectivo de Trabajo. Pero reducirlo a una simple petición de aumento salarial sería un error garrafal. Lo que el STUNAM exige es un cambio estructural profundo. Fuentes cercanas a la negociación revelan que las demandas van desde un aumento salarial de emergencia superior al 20%, argumentando una pérdida histórica del poder adquisitivo frente a una inflación que no da tregua, hasta la basificación inmediata de miles de trabajadores eventuales que, según el sindicato, viven en un limbo laboral insostenible.

Sin embargo, el punto que podría fracturar las negociaciones de forma definitiva es la defensa de cláusulas contractuales históricas que la administración universitaria considera «financieramente inviables». Se habla de la jubilación, de prestaciones y de un sistema de ascensos que, según la Rectoría, compromete el presupuesto operativo destinado a la investigación y la docencia, el alma misma de la UNAM.
La Batalla de Dos Gigantes: ¿Derechos Laborales vs. Viabilidad Académica?
La UNAM no es solo una universidad; es una ciudad en sí misma, con más de 400,000 almas entre estudiantes, académicos y trabajadores. Una huelga aquí no es un evento aislado. Significa la parálisis de proyectos de investigación de vanguardia, la interrupción de la educación de la futura élite intelectual y profesional del país, y el cese de servicios médicos y culturales que benefician a la sociedad en general.
«No queremos la huelga, que quede claro. Nosotros somos universitarios», declaró un delegado sindical que prefirió el anonimato. «Pero lo que no vamos a permitir es que la crisis la paguen los de siempre: los trabajadores administrativos, los de base, los que mantienen esta universidad de pie todos los días. Si la Rectoría nos orilla a la huelga, la van a tener. Y sabrán de lo que es capaz el STUNAM».

La administración, por su parte, se encuentra entre la espada y la pared. Ceder a todas las demandas podría significar un colapso financiero a mediano plazo, sacrificando becas, mantenimiento de laboratorios y la contratación de nuevos académicos. Mantener una postura rígida garantiza un conflicto que podría durar meses, con un costo político y social incalculable. Las marchas que ya han comenzado a calentar los motores en el circuito de Insurgentes son solo el primer aviso. La verdadera demostración de fuerza, advierten, podría paralizar el sur y el centro de la Ciudad de México.
El reloj avanza. Cada hora sin un acuerdo es un paso más hacia el abismo. La pregunta ya no es si el STUNAM tiene el poder para detener a la UNAM, la pregunta es si la Universidad y el país están preparados para las réplicas de ese terremoto laboral.









