Ciudad de México y Estado de México.- El cielo no dio tregua, pero la verdadera tormenta se desató en tierra. Mientras la lluvia golpeaba el asfalto con una furia incesante, en los límites entre Iztapalapa y Nezahualcóyotl, el agua no solo caía, sino que brotaba del suelo, de las coladeras, reclamando lo que un día fue su lago. Hoy, miles de familias navegan en la incertidumbre, con el patrimonio de toda una vida convertido en una masa de lodo y desesperación. No es la primera vez, y el temor que carcome a los residentes es que tampoco será la última.
El desastre tiene un olor particular: una mezcla de aguas negras, humedad y desesperanza. En colonias como El Molino, San Lorenzo Xicoténcatl en Iztapalapa, y en franjas de Ciudad Nezahualcóyotl, el panorama es desolador. El agua, que en algunas calles alcanzó más de un metro de altura, no solo inundó casas; ahogó sueños, negocios familiares y la frágil seguridad de sus habitantes.

«Lo perdimos todo, absolutamente todo», narra con la voz entrecortada María Elena, residente de Neza, mientras señala la marca de agua que casi llega a la mitad de su pared. «El refrigerador flotaba en la sala, la ropa, los papeles importantes, los cuadernos de mis hijos… todo se echó a perder en cuestión de minutos. Y la ayuda, ¿dónde está la ayuda que prometen siempre?».
Este grito de auxilio resuena en cada esquina. La tragedia no es solo el agua, es la sensación de abandono que la sigue. Los testimonios coinciden: la respuesta de las autoridades, aunque presente con algunos equipos de bombeo y brigadas, se percibe lenta, rebasada, insuficiente. La coordinación entre los gobiernos de la Ciudad de México y el Estado de México parece una vez más una frontera burocrática que el agua no respeta, pero que sí detiene la ayuda efectiva.
Una Catástrofe Anunciada: ¿Quién Responde por el Desastre?
Expertos en urbanismo y protección civil señalan lo que los habitantes de la zona ya saben por amarga experiencia: esto no es una sorpresa. La región, asentada sobre el antiguo Lago de Texcoco, sufre de un hundimiento diferencial del suelo que fractura el drenaje y lo vuelve obsoleto. Cada temporada de lluvias, la infraestructura, ya de por sí insuficiente y mal mantenida, colapsa.
Las inversiones millonarias anunciadas periódicamente en obras de drenaje profundo se sienten como un eco lejano frente a la realidad de las coladeras tapadas por basura y la falta de un sistema de alertamiento temprano que funcione para la gente. La pregunta que flota en el ambiente, tan pesada como el aire húmedo, es: ¿Quién es el responsable? ¿La naturaleza impredecible, los ciudadanos por asentarse en zonas de riesgo, o las décadas de planeación urbana deficiente y corrupción que han permitido que el monstruo del agua regrese una y otra vez?

Mientras las autoridades realizan recorridos y censos que para muchos no llegan, son los propios vecinos quienes han salido con cubetas y escobas, creando barricadas improvisadas y compartiendo lo poco que lograron salvar. La solidaridad vecinal es el único dique que, por ahora, contiene la desesperación total.
La noche cae y el agua, aunque baja lentamente en algunas zonas, permanece estancada en otras, convirtiéndose en un foco de infección. El verdadero conteo de los daños apenas comienza, pero no se medirá en pesos, sino en la salud física y mental de miles de personas que se sienten, una vez más, hundidas no solo por el agua, sino por el olvido.









