Durante más de un siglo, todo lo que la ciencia sabía de Mitsukurina owstoni provenía de cadáveres. Ejemplares enredados por accidente en artes de pesca, izados desde la oscuridad y muertos casi siempre antes de tocar la cubierta. Nadie lo había visto nunca nadar. Eso acaba de cambiar: un equipo de oceanógrafos encabezado por la Universidad de Hawái en Mānoa publicó las primeras observaciones de un tiburón duende vivo en su hábitat natural, en las profundidades del océano Pacífico.
El trabajo, titulado First in situ observations of the goblin shark Mitsukurina owstoni, apareció el 8 de julio de 2026 en la revista Journal of Fish Biology y está firmado por Aaron B. Judah como autor principal, junto con Alan J. Jamieson, David A. Ebert y otros colegas del Deep-Sea Fish Ecology Lab de Hawái y del Centro de Investigación de Aguas Profundas Minderoo-UWA, en Australia.

Dos encuentros separados por cinco años
La nota reúne dos avistamientos que ocurrieron en momentos y lugares distintos, y que solo al cruzarse cobraron sentido:
- 2019, cerca de la isla Jarvis. Una cámara montada en el vehículo operado a distancia Hercules registró al animal a 1,237 metros de profundidad, en un monte submarino sin nombre del Pacífico central. Las imágenes quedaron archivadas y fueron identificadas después, al revisar el material.
- 2024, fosa de Tonga. Una cámara con carnada instalada en una plataforma de fondo, durante una expedición a bordo del buque R/V Dagon, filmó a otro ejemplar a 1,997 metros: unos 700 metros más abajo de lo que se había documentado para la especie.
El segundo dato es el que más debería llamar la atención y es, curiosamente, el que menos se subraya en la cobertura del hallazgo: esos 1,997 metros no solo son un récord para este escualo, sino para todo el orden Lamniformes, el grupo al que también pertenece el tiburón blanco. Dicho de otro modo, ningún pariente cercano del tiburón blanco había sido registrado tan profundo. La familia entera baja más de lo que creíamos.
Un superviviente de 125 millones de años
La especie fue descrita en 1898 por el naturalista estadounidense David Starr Jordan, a partir de un ejemplar capturado en aguas de Japón. Es el único miembro vivo de su familia, un linaje que se remonta unos 125 millones de años, y por eso se le llama a menudo «fósil viviente»: su anatomía conserva rasgos que otros tiburones perdieron hace mucho.
El rasgo más llamativo es esa mandíbula que parece desencajarse. En reposo queda recogida bajo un hocico largo y aplanado, cubierto de sensores que detectan los campos eléctricos de las presas; al atacar, las quijadas salen disparadas hacia adelante como una resortera. Es uno de los mecanismos de mordida más rápidos que se conocen entre los tiburones, y la razón de que las fotos de ejemplares muertos —con la boca proyectada por la manipulación— hayan construido su fama de criatura monstruosa. Un animal vivo, filmado en calma, se ve bastante menos temible: pálido, lento, casi flotando.

Por qué importa un video de un pez
Puede sonar modesto frente a un telescopio espacial, pero el valor del registro es doble. Primero, corrige el sesgo del cadáver. Todo lo que se creía saber sobre cómo se mueve, dónde vive y a qué profundidad caza esta especie estaba deducido de animales muertos, deformados por el ascenso y por la descompresión. Verlo nadar cambia la línea base.
Segundo, amplía el mapa. La especie se conocía sobre todo frente a Japón, Australia y la costa oeste de Estados Unidos. Los dos nuevos puntos —Pacífico central y fosa de Tonga— sugieren una distribución más amplia y más honda de lo supuesto. Eso tiene consecuencias prácticas: la evaluación de riesgo de una especie depende de saber dónde está, y hoy la minería submarina y la pesca de profundidad avanzan sobre montes submarinos que apenas hemos mirado.
Hay también un argumento de método que los propios autores defienden. «Es muy importante que sigamos haciendo trabajo de historia natural», dijo Judah. Uno de los dos avistamientos no salió de una expedición diseñada para buscar tiburones, sino de metraje viejo que alguien se tomó la molestia de revisar. En una era de sensores que generan más horas de video de las que nadie alcanza a ver, el descubrimiento estaba guardado en un disco duro.
¿Qué sigue?
Con solo dos registros no se puede hablar todavía de comportamiento ni de abundancia: son dos individuos, no una población. El paso siguiente es multiplicar las cámaras con carnada en taludes y montes submarinos del Pacífico, y peinar los archivos de expediciones pasadas con esa pregunta en mente. Jamieson lo resumió con una frase que dice mucho sobre el estado del conocimiento oceánico: nunca pensó que llegaría a ver uno vivo.
El océano profundo sigue siendo el hábitat más grande del planeta y el peor observado. Que un animal de casi cuatro metros, descrito hace 128 años, apenas ahora se deje filmar respirando, es un recordatorio incómodo de cuánto se nos escapa todavía ahí abajo.
Fuentes
- Judah, A. B. et al., «First in situ observations of the goblin shark Mitsukurina owstoni», Journal of Fish Biology (2026)
- Universidad de Hawái: «Rare, deep-sea goblin shark observed in natural habitat»
- EurekAlert: «Shadows in the abyss: New observations of rare, deep-sea goblin sharks in natural habitat»





Deja un comentario