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Domingo, 12 de julio de 2026

Dormir la siesta: cuánto y a qué hora, según la evidencia

Pintura de dos campesinos que duermen la siesta a la sombra, recostados sobre pacas de heno

Echarse una siesta después de comer es casi un ritual en buena parte de México: la hamaca del sureste, el descanso de mediodía en el campo, los veinte minutos robados en la oficina. Por eso conviene leer con calma la evidencia más reciente, que no pide eliminar esa costumbre, sino afinarla. Dos trabajos publicados en 2026 apuntan a que cuánto y cuándo se duerme de día importa tanto como el hecho de dormir, sobre todo a partir de cierta edad.

Hombre recostado echando una siesta al aire libre en San Cristóbal, Cusco
Imagen ilustrativa. El descanso diurno breve, de 20 a 30 minutos, es el que cuenta con más respaldo científico. Foto: Diego Delso, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Qué observó el estudio de Mass General Brigham y Rush

Un equipo del sistema hospitalario Mass General Brigham, afiliado a la Escuela de Medicina de Harvard, junto con el Centro Médico de la Universidad Rush, siguió durante hasta 19 años a 1,338 adultos mayores del proyecto Rush Memory and Aging, en el estado de Illinois. La edad promedio al inicio del análisis era de 81 años. En lugar de preguntarles cuánto dormían —un método notoriamente poco confiable—, los investigadores midieron el sueño diurno con un reloj de actividad en la muñeca (actigrafía) durante hasta 14 días seguidos. Los resultados se publicaron el 20 de abril de 2026 en la revista JAMA Network Open.

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Tras ajustar por edad, sexo, hábitos y estado de salud, el patrón fue claro. Cada hora adicional de sueño diurno al día se asoció con un 13% más de riesgo de morir por cualquier causa. Cada siesta extra en la jornada sumó alrededor de 7%. Y quienes dormían sobre todo por la mañana registraron un 30% más de riesgo que quienes lo hacían a primera hora de la tarde. Un dato tranquilizador: la irregularidad de los horarios, por sí sola, no se relacionó con la mortalidad.

No todas las siestas son iguales

Una revisión general publicada en febrero de 2026 en Public Health Reviews ayuda a poner esos números en contexto. Sus autores reunieron 16 metaanálisis previos y 244 resultados de salud, y encontraron un patrón consistente: los descansos diurnos de hasta una hora se vinculan con mejor rendimiento cognitivo, menos fatiga y mejor recuperación, mientras que los que superan los 60 minutos se asocian con más riesgo cardiovascular y metabólico.

Según esa revisión, dormir de día más de una hora se relacionó con cerca de 30% más de enfermedad coronaria, alrededor de 20% más de diabetes y un riesgo notablemente mayor de accidente cerebrovascular. El punto óptimo para recuperar energía sin efectos indeseados se ubicó entre los 20 y los 30 minutos.

  • Duración: entre 20 y 30 minutos. Pasar de una hora es lo que se asocia con problemas.
  • Horario: a primera hora de la tarde, no a media mañana ni cerca de la noche.
  • Frecuencia: un descanso corto al día basta. Varias siestas largas merecen una consulta médica.
  • Cambios: si de pronto necesitas dormir de día mucho más que antes, tómalo como un dato de salud, no como pereza.
Adulto mayor dormido en una banca de un parque, bajo la sombra de una sombrilla
Imagen ilustrativa. En adultos mayores, dormir mucho más de día puede ser un marcador de problemas de salud de fondo. Foto: Jules Verne Times Two, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Una señal, no necesariamente la causa

Aquí está el matiz más importante, y lo subrayan los propios investigadores: se trata de estudios observacionales. Muestran una asociación, no una relación de causa y efecto. Es muy probable que el sueño diurno prolongado sea un marcador de problemas de fondo —fatiga por enfermedad cardiovascular, apnea del sueño, mal descanso nocturno, inflamación o deterioro cognitivo incipiente— y no la causa directa del mayor riesgo. Dicho de otro modo: el reloj de actividad podría estar detectando una enfermedad silenciosa antes de que dé la cara.

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Hay otros límites que conviene tener presentes. La muestra era mayoritariamente de mujeres y de población blanca del norte de Estados Unidos, con una edad promedio alta, así que los resultados no se trasladan de forma automática a un adulto de 40 años en Monterrey o Mérida, ni a culturas donde la siesta está integrada al día. Tampoco se midió la calidad del sueño nocturno con el mismo detalle.

Qué hacer con esta información

Para la mayoría de las personas sanas, un descanso breve y temprano es seguro y puede mejorar la concentración, el ánimo y el desempeño. El mensaje útil no es dejar de dormir de día, sino vigilar los cambios. Que un adulto mayor empiece a dormir mucho más por las mañanas, ronque con pausas al respirar, tenga insomnio nocturno o un cansancio que no cede son motivos razonables para revisar la presión arterial, el estado de ánimo, la glucosa y la calidad del sueño de la noche.

En México, donde la población mayor de 60 años crece con rapidez y la diabetes y las enfermedades del corazón encabezan las causas de muerte, esa vigilancia importa. Cuidar el sueño nocturno —horarios regulares, luz natural por la mañana, menos pantallas y menos cafeína por la tarde— suele reducir la necesidad de siestas largas y compensatorias.

Esta nota tiene fines informativos y no sustituye la consulta con un profesional de la salud, quien debe valorar cada caso de manera individual.

Preguntas frecuentes

¿La siesta es mala para la salud? No en sí misma. Las siestas cortas tienen beneficios documentados; el riesgo se asocia con las muy largas, muy frecuentes o matutinas, sobre todo en adultos mayores.

¿Cuánto debe durar? La evidencia apunta a 20 o 30 minutos, a primera hora de la tarde, para no interferir con el sueño de la noche.

Fuentes

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